
Pasaba por ahí todas las mañanas, con las manos nerviosas, ocultas en los bolsillos de su abrigo raído. La observaba en silencio, hasta olvidaba el hambre por momentos mientras le enviaba imágenes alegres, celos, sufrimientos. Concentrábase en ese aire altanero, en esa distancia suya, en sus ojos perdidos a lo lejos. Nunca pudo desalentarlo su indiferencia, tampoco esa distinción tan lejana a su propia miseria.
En ocasiones ella sentía la calidez de su mirada; quizás hasta alguna vez quiso responderle, sonreírle o derramar alguna lágrima. Pero hay tantas, tantas cosas prohibidas para un maniquí encerrado en su vitrina.
Pero él sobrevivió todo ese tiempo gracias a ella.
En ocasiones ella sentía la calidez de su mirada; quizás hasta alguna vez quiso responderle, sonreírle o derramar alguna lágrima. Pero hay tantas, tantas cosas prohibidas para un maniquí encerrado en su vitrina.
Pero él sobrevivió todo ese tiempo gracias a ella.
Diego Muñoz Valenzuela
1 comentario:
Todos a veces nos encontramos con un maniquí, que no hace nada, no nos da nada, no nos hace mal, no nos hace biem, solo está. Y con el solo hecho de estar, nos llena. Cuando encontramos un maniquí así, hay que cuidarlo, adornaldo, vestirlo y quien sabe, si alguna vez sale de su presidio, se baja de la vitrina, toma de tu mano y camina contigo?
No es malo soñar, además, la realidad es mas fantástica que la ficción. Entonces, porqué no podría ocurrir eso??
Salu2 mi niña, un gustazo conocerla, queda mucho por delante, muchas cosas por hacer y construir.
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